Consecuencias de la violencia de género.

Consecuencias de la violencia de género.

Procesos y efectos en la víctima.

La otra tarde fui al servicio de urgencias, acompañando a mi hijo por un pequeño y repentino problema dermatológico. Mientras esperábamos a que fuera atendido, llegó una pareja de policías con una mujer víctima de agresión, para que recibiera atención médica. No dudé en ofrecer mi ayuda. Uno de los agentes, tristemente acostumbrado y muy consciente de la complejidad de estos casos, me permitió que acompañara a la víctima mientras esperaba la asistencia médica.

Este triste episodio me llevó a reflexionar sobre el grave problema social que representa la violencia de género. Me consta que tanto nuestras Instituciones como nuestros Cuerpos de Seguridad del Estado, en concreto, están realizando un ingente e importantísimo trabajo en protocolos, formación, etc. Y no quiero dejar de ponerlo en valor, ni de intentar aportar y contribuir en la lucha contra esta dramática lacra social que nos implica a todos.

La violencia de género, ejercida en mas del 95% de los casos contra la mujer, constituye un grave problema y una importante alarma social, tanto por las cifras de prevalencia, como por la gravedad de sus efectos sobre las víctimas.

Aunque es fácil identificar la presencia de consecuencias físicas (desde lesiones a trastornos funcionales), los problemas psicológicos que genera son más graves, además de mucho más difíciles de detectar.

Aproximadamente, el 63% de estas mujeres desarrollan un Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), un 50% trastornos de depresión, y muy frecuentemente, otros problemas psicológicos como los diferentes trastornos de ansiedad, disfunciones sexuales, insomnio, baja autoestima, y en general, un elevado nivel de desorganización y desadaptación en todas las parcelas de su vida.

Cuando una mujer acude a pedir ayuda, suele ser tras un largo período de sufrimiento como víctima (el promedio se estima superior a los 7 años), y después de haber agotado, con poco éxito, los recursos de que dispone.

La situación de violencia de género mantiene una estrecha relación con los condicionantes socioculturales, por lo que la gravedad de sus efectos, y la victimización que produce, viene definida por el resultado, es decir, por las lesiones directas que ocasiona, pero sin olvidar el particular contexto en el que se dan (ámbito doméstico y familiar), y la relación existente entre víctima y agresor (una relación afectiva).

Además de las posibles lesiones físicas derivadas de la situación de maltrato, las psicológicas siempre van a estar presentes, ya que se trata de un tipo de violencia que cursa de forma crónica. Las primeras reacciones de la víctima se caracterizan por un sentimiento de humillación, vergüenza y preocupación, además de pérdida de control, confusión, sentimientos de culpa y miedo, vinculados al paso del tiempo.

 

Las mujeres que han sufrido o sufren violencia de género padecen una multitud de problemas cognitivos, como consecuencia de los golpes directos, así como del maltrato psicológico y del estrés crónico que se produce. Existen estudios que apuntan a que el maltrato podría afectar al cerebro a través de tres vías:

  • Daño directo, como consecuencia de golpes en la cabeza. El 92% de las mujeres reportan haber sido golpeadas en cabeza y cara, pudiendo verse afectado el Sistema Nervioso Central y producirse daño cerebral, tanto vinculado a los traumatismos directos (punto de impacto y parte opuesta del cerebro), así como por los intentos de estrangulamiento y/o secuelas de la posible anoxia o hipoxisa cerebral durante dichos golpes, entre otros.
  • Daño indirecto, producido por las secuelas psicológicas, especialmente el estrés postraumático, que pueden implicar alteraciones en el funcionamiento cerebral, y su consecuente repercusión en áreas como la atención, la función ejecutiva y el procesamiento del dolor.
  • Daño indirecto, a través del efecto que el cortisol produce en el cerebro, segregado en situaciones de estrés crónico, y a menudo vinculado con la historia de victimización. La secreción de glucocorticoides, y en concreto de cortisol, afecta al rendimiento cognitivo de diversas maneras, lo que muy probablemente explicaría un síntoma muy referido por las víctimas, como son los problemas de memoria.

 

Pareja, poder, maltrato y mente.

Las investigaciones sobre apego adulto evidencian que las relaciones emocionales que mantengamos con la pareja inciden sobre los esquemas cognitivos operativos internos, la memoria y la regulación emocional. Pero además, no podemos pensar en las relaciones de pareja sin tener en cuenta los roles y mandatos de género que la sociedad nos traslada, sobre cómo debemos comportarnos en nuestras relaciones entre hombres y mujeres.

Habitualmente, se identifica como violencia en la pareja a la violencia extrema, la violencia física, que es visible y deja huellas. Pero a esta violencia no se llega de forma repentina, sino que ha sido necesario crear una dinámica de inseguridad y terror, establecida a partir de un proceso llamado «de victimización», en el que la mujer va desarrollando la identidad de víctima.

Toda relación de pareja es un sistema relacional, y como tal, posee unos códigos de funcionamiento propios. El vínculo traumático se constituye cuando uno de los componentes ejerce violencia explícita y/o implícita, de mayor o menor intensidad, sobre la otra persona, y como consecuencia, se hace con el poder, y sus necesidades, emociones y deseos son los que mayoritariamente se tienen en cuenta.

La construcción de un vínculo traumático es un proceso insidioso, que se va produciendo en el momento a momento de la comunicación, por medio de micro traumas, que tienen un efecto acumulativo, sin que en muchas ocasiones sean conscientes de ello las personas partícipes.

Se va construyendo un sistema en que, de forma imperceptible, las necesidades y deseos de la mujer pasan a un segundo plano y su identidad se va quebrando, a la vez que el hombre va ocupando un lugar preponderante.

Esta dinámica relacional (conocida como la del amo y el esclavo), imposibilita el reconocimiento de ambos miembros de la pareja como sujetos iguales, generándose una «comunicación perversa», en la que el objetivo del que domina no es comunicarse, sino imponerse.

  • En la comunicación explícita, el maltratador deforma el lenguaje, adoptando una voz sin tonalidad afectiva que hiela, inquieta y desprecia.
  • Pseudo-miente utilizando la insinuación, realizando silencios, sarcasmos, burlas y desprecio, bajo la máscara de la ironía o de la broma, con el fin de generar confusión.
  • Utiliza la paradoja para desquiciar y generar dudas sobre la identidad de su víctima, la descalifica negándole todas sus cualidades y señalándole todas sus insuficiencias, haciéndola sentir que no vale nada.
  • El dominio se establece por medio de procesos que parecen comunicativos, pero que en realidad no lo son, puesto que su finalidad es desconfirmar, confundir y despersonalizar.

 

Maltrato y sumisión.

Nuestra mente está diseñada para hacer una lectura continua de la realidad externa e interna, y nuestro cerebro la procesa a partir de tres centros diferenciados (sensorio motor, emocional y cognitivo), permitiéndonos organizar conductas adaptativas.

Para que el sistema nervioso funcione de forma adecuada, la información proveniente de los centros inferiores (tronco cerebral y sistema límbico), debe ser integrada y procesada en el nivel superior (neocórtex).

Cuando una persona sufre malos tratos, esta integración de la información no puede realizarse de forma exitosa, ya que el estrés que provoca la violencia afecta a la activación cerebral, pudiendo provocar que cada centro cerebral actúe de manera autónoma y descoordinada.

Ante la percepción de riesgo, el sistema nervioso autónomo organiza las respuestas, generándose híper o hipo activación, lo que inhibe la integración de la información, haciendo que la persona actúe de forma desorganizada, desplegándose conductas que no son entendidas, ni por ella ni por los demás.

Sólo la presencia de su maltratador les intimida, paraliza, les llena de miedo y ansiedad, aunque en ese momento no haya agresión. Su activación fisiológica, ritmo cardíaco, respiración, y sistemas defensivos innatos, se activan de forma automática, sin que la persona pueda controlar el proceso.

Los seres humanos (y todos los seres vivos), estamos diseñados para defendernos de forma rápida y automática. Las formas de defensa dependen del contexto al que tengamos que adaptarnos, mediante tres sistemas de defensa:

  • Defensas de movilización (ataque o fuga). Se activan en situaciones en las que evaluamos que es posible huir o atacar.
  • Defensas ligadas al sistema de conexión social o apego. Se busca apoyo y regulación en las figuras de las que esperamos protección, lo que explica las paradójicas conductas de acercamiento de la víctima a su maltratador en situaciones de riesgo.
  • Defensas de inmovilización (paralización, sumisión). Cuando las defensas anteriores fallan, la persona evalúa que es imposible defenderse (indefensión aprendida), apareciendo las defensas más primitivas de sumisión o de hacerse el muerto.

En los vínculos traumáticos, el dominador va imponiendo un clima de inseguridad y terror por el que paulatinamente va dejando indefensa a la víctima. Inicialmente, ésta puede utilizar las defensas de ataque/huída, pero cuando el maltratador percibe que pierde el control, despliega conductas más y más dañinas y coercitivas.

Este proceso se conoce como «identificación con el agresor» (Ferenzi y Frankel, 2002). Para protegerse del daño, la víctima trata de anticiparse a los deseos e intenciones de su maltratador. Poco a poco, y sin darse cuenta, la mente del maltratador va ocupando la suya, desplegando estados emocionales negativos (miedo, vergüenza, culpa e inseguridad), hasta sentirse embotada, agotada, confundida y responsable del maltrato que soporta.

El estrés que le provoca el maltrato a la víctima, como he comentado, genera una liberación excesiva de cortisol, provocando la desactivación integradora del hipocampo. Los recuerdos implícitos no integrados irrumpen en el presente en forma de imágenes, sensaciones, memorias corporales, emocionales y/o cognitivas, lo que conlleva que la víctima no se sienta dueña de su mente, de sus actos, ni de su vida.

Los procesos defensivos de la víctima, que se fueron configurando a lo largo del proceso de victimización, se desencadenan de forma automática cuando se asocian ciertos estímulos con las experiencias traumáticas. Aparecen cambios en su regulación fisiológica (taquicardia, aceleración de la respiración, temperatura corporal y sudoración), y emocional (miedo, vergüenza, culpa), todo en fracciones de segundo, a nivel subcortical, sin ser consciente de ello y sin poder explicarlo.

La víctima siente que no controla su mente, una parte de sí misma ha sido disociada debido a la experiencia traumática, y puede reaparecer en su mente en forma de pesadillas, Flashback, sensaciones corporales y estados emocionales.

El proceso de traumatización que se va generando en los vínculos traumáticos provoca una victimización, y la subjetividad de la persona maltratada queda arrasada.

 

Confío en que este pequeño acercamiento a los procesos y efectos de la violencia de género en las víctimas te incite a reflexionar, comprender, tomar consciencia… Si tienes algún comentario o duda, o crees que podrías necesitar ayuda, contacta conmigo y resolvemos.

 

Fuente: FOCAD.