El impacto psicológico de la ola de incendios en España: qué nos pasa y cómo podemos cuidarnos

Cuando el fuego también quema por dentro

 

El verano de 2026 está dejando una de las temporadas de incendios más graves de la historia reciente de España. Ávila, Madrid, Toledo, Guadalajara, Almería… el fuego ha calcinado ya más de 200.000 hectáreas y ha obligado a evacuar a decenas de miles de personas.

Las imágenes de columnas de humo, casas calcinadas y pueblos desalojados ocupan los telediarios. Pero hay una parte del incendio que no se ve por satélite ni se mide en hectáreas: la que arde por dentro, en la mente de quienes lo han vivido, y también en la de quienes lo están viendo desde el sofá de casa.

Este artículo no busca sumar una alarma más al ruido informativo. Busca ofrecer una mirada rigurosa, cercana y, sobre todo, útil: entender qué nos pasa psicológicamente ante una catástrofe de esta magnitud y, muy especialmente, qué podemos hacer al respecto.

 

Un impacto que se despliega en tres niveles

Desde la Psicología ambiental y comunitaria, se entiende que el impacto de un incendio forestal no se limita al individuo aislado, sino que se despliega en tres niveles que conviene distinguir:

  • Nivel individual: la vivencia directa del peligro, la pérdida de la vivienda, de recuerdos, de seguridad. Miedo, ansiedad, alteraciones del sueño, hipervigilancia (esa sensación de estar «en alerta» constante) o hipersensibilidad a estímulos como el olor a humo son reacciones frecuentes.
  • Nivel comunitario: el incendio rompe, aunque sea temporalmente, las redes de apoyo mutuo del barrio o el pueblo. Vecinos dispersos por distintos centros de acogida, rutinas compartidas interrumpidas, incertidumbre sobre cuándo o si se podrá volver a casa.
  • Nivel ambiental: la desaparición de paisajes y espacios que forman parte de la identidad colectiva de una comunidad. Un monte, un río, un camino de siempre, no son sólo naturaleza, también son parte de quiénes somos.

Este último punto tiene incluso nombre propio en la literatura científica: solastalgia, un término acuñado por el filósofo Glenn Albrecht para describir la angustia que produce ver degradarse el propio entorno de vida, sin necesidad de desplazarte de él. Se trata de un duelo distinto al que conocemos porque no se llora sólo lo perdido, se llora también por el lugar que ya no volverá a ser el mismo.

 

«Modo supervivencia»: por qué reaccionamos así

Es importante subrayar con claridad que la ansiedad intensa, el llanto, la irritabilidad, la sensación de irrealidad o los problemas para dormir tras vivir un incendio no son un signo de debilidad ni un trastorno. Son la respuesta esperable de cualquier persona ante una situación de peligro real para su vida.

No eres «una víctima»: eres una persona con recursos

Existe un detalle de lenguaje que parece pequeño pero no lo es, y es que quienes trabajamos en apoyo psicológico y social en catástrofes recomiendan evitar la palabra «víctima» y hablar en cambio de persona afectada o damnificada.

Ésto no es un simple matiz cosmético. La palabra «víctima» tiende a situar a la persona en un lugar pasivo, indefenso, mientras que hablar de «persona afectada» reconoce el daño sufrido sin negarlo, pero también que esa persona cuenta con recursos propios, con una red y con una comunidad para salir adelante. Y es que, el cómo hablamos de lo ocurrido, también con nosotros mismos, influye en cómo lo procesamos.

 

¿Y si no he vivido el incendio de cerca, pero me afecta igual?

Efectivamente, no hace falta haber sido evacuado o evacuada para sentirse mal estos días. Tan sólo con ver de forma continuada imágenes de destrucción, sentir incertidumbre sobre el futuro del territorio, o simplemente la angustia asociada al cambio climático y a la sensación de que «esto cada año va a peor», son experiencias reales y cada vez más comunes.

Sin embargo, tampoco es necesario patologizar esa preocupación, ya que se trata de una respuesta comprensible ante una amenaza colectiva real. Aun así, conviene cuidar el consumo de información: informarse es necesario, pero la exposición constante a imágenes de shock, sin pausas, no ayuda a procesar lo que ocurre y puede aumentar el malestar sin aportar nada útil.

 

Qué puedes hacer: guía práctica

Si has vivido el incendio de cerca (evacuación, pérdidas, susto real)
  • Permítete sentir lo que sientas, sin exigirte «estar bien» enseguida. El malestar inicial es esperable y, en la mayoría de los casos, remite con el tiempo y el apoyo adecuado.
  • Prioriza recuperar rutinas básicas cuanto antes: horarios de sueño, comidas, contacto con otras personas.
  • Busca a tu gente. El acompañamiento de la red cercana es uno de los factores que más protege frente a secuelas a largo plazo.
  • Si notas que, pasadas varias semanas, persisten pesadillas recurrentes, evitación intensa o una angustia que no remite, pide ayuda profesional. No es «exagerar»: es cuidarte a tiempo.
  • Varios Colegios Oficiales de Psicología autonómicos han activado líneas de atención psicológica gratuita para personas afectadas por los incendios de este verano. Consulta la web del Colegio de tu comunidad autónoma para conocer el teléfono habilitado en tu zona.

 

Si quieres acompañar a alguien afectado
  • Escucha más de lo que hablas. No hace falta tener la respuesta ni minimizar («no ha sido para tanto», «podría haber sido peor»).
  • Evita frases bienintencionadas pero invalidantes. Es más útil decir «estoy aquí, cuenta conmigo» que ofrecer consejos no pedidos.
  • Ayuda con lo práctico: gestiones, acompañamiento, cuidado de menores o de personas mayores. El apoyo tangible también es apoyo emocional.

 

Si te afecta desde la distancia (ecoansiedad, sensación de impotencia)
  • Limita el «scroll» de imágenes de catástrofe a momentos concretos del día, en lugar de una exposición continua.
  • Transforma la preocupación en acción posible: colaborar con organizaciones de ayuda, informarte de forma responsable, participar en iniciativas locales de prevención o reforestación. La sensación de poder hacer algo, por pequeño que sea, reduce la sensación de indefensión.

 

Una emergencia que también es comunitaria

 

Los incendios de este verano no son sólo un fenómeno meteorológico o forestal, son también un fenómeno social y psicológico que atraviesa comunidades enteras.

Cuidar la salud mental de las personas afectadas, y por supuesto, de quienes trabajan sobre el terreno, como bomberos, brigadistas y cuerpos de emergencia, no es un añadido opcional a la respuesta ante la catástrofe, es parte de ella.

Reconstruir un pueblo pasa también por reconstruir sus vínculos, su sentido de pertenencia y su capacidad de mirar el territorio quemado sin que ese paisaje se convierta en una herida permanente.

Si algo puede aportar la Psicología en estos momentos es precisamente eso: acompañar, sin patologizar; sostener, sin invadir; y recordar que, frente al fuego, las comunidades también se reconstruyen desde el apoyo mutuo.

Por ello, si tú o alguien de tu entorno os habéis visto afectados por los incendios, no dudéis en contactar con el Colegio Oficial de Psicología de vuestra comunidad autónoma, que en las zonas más afectadas ha habilitado líneas de atención psicológica gratuita.