Cuando el cielo se detiene: lo que nos hace sentir un eclipse total

La Psicología del asombro y del eclipse solar total del 12 de agosto

 

El próximo 12 de agosto ocurrirá algo que no ha sucedido en la Península Ibérica en más de un siglo: un eclipse solar total. La franja de totalidad cruzará España de oeste a este, pasando cerca de A Coruña, Oviedo, León, Bilbao, Zaragoza, Valencia o Palma, justo al atardecer.

Durante poco más de un minuto, en pleno mes de agosto, el día se convertirá en noche, bajará la temperatura y el cielo mostrará estrellas y la corona solar donde segundos antes brillaba el sol de verano.

Es un acontecimiento astronómico, sí, pero también, y esto es lo que nos interesa aquí, es un acontecimiento psicológico y social de una magnitud poco frecuente. ¿Qué nos pasa por dentro cuando el cielo se detiene durante un minuto? ¿Por qué miles de personas se desplazan, a veces cientos de kilómetros, para presenciarlo juntas? ¿es normal si a alguien le genera más inquietud que ilusión?

 

El asombro: la emoción que tiene nombre científico

Cuando alguien describe lo que siente al ver un eclipse total, suele quedarse sin palabras: escalofríos, lágrimas, silencio colectivo, aplausos espontáneos. Los y las profesionales de la Psicología llevan más de dos décadas estudiando esta reacción bajo un concepto concreto: el asombro (en la literatura anglosajona, awe).

El psicólogo Dacher Keltner, uno de los principales investigadores de esta emoción en la Universidad de California en Berkeley, lo define como la sensación de estar ante algo tan inmenso que nuestra manera habitual de entender el mundo necesita reorganizarse por un momento.

Lo que dice la investigación: el asombro reduce el foco en uno mismo, aumenta la sensación de conexión con los demás y con el entorno, y se asocia a comportamientos más generosos y cooperativos tras vivirlo. Algunos estudios lo vinculan incluso con una reducción del estrés y de síntomas de ansiedad.

 

No lo vives sólo o sóla: la dimensión comunitaria del eclipse

Desde una mirada que no se detiene sólo en el individuo, lo interesante del eclipse es lo que ocurre entre las personas que lo observan juntas. El sociólogo Émile Durkheim habló hace ya más de un siglo de la efervescencia colectiva: esos momentos en que un grupo humano vive una emoción intensa al mismo tiempo y siente, aunque sea de forma pasajera, que deja de ser una suma de individuos para convertirse en algo compartido.

Durante la totalidad de un eclipse, quienes lo han vivido describen que una multitud entera, desconocidos entre sí, grita, calla o aplaude al unísono, como si fuera un único organismo.

Esta dimensión colectiva no es un detalle anecdótico. La investigación sobre sincronía emocional percibida muestra que las emociones intensas compartidas en eventos colectivos refuerzan identidades comunes y favorecen la cohesión social, algo que en Psicología Comunitaria se valora especialmente, ya que pocas veces un mismo fenómeno natural reúne a personas de edades, procedencias e ideologías distintas mirando en la misma dirección, literalmente, al mismo tiempo.

 

¿Y si a mí me genera inquietud en vez de ilusión?

Conviene decir con claridad que no todo el mundo va a vivir el eclipse como una experiencia positiva. A lo largo de la historia, la desaparición repentina del sol en pleno día ha despertado en muchas culturas reacciones de alarma, y no es raro que hoy en día, especialmente en la infancia o en personas con tendencia a la ansiedad, la oscuridad súbita, el descenso de temperatura o el comportamiento inusual de los animales generen desasosiego en lugar de asombro placentero.

Ésto tampoco es un problema ni una rareza, es también una respuesta comprensible ante un cambio brusco e infrecuente en algo tan estable como «de día hay luz».

Si es tu caso, o el de alguien cercano, por ejemplo, un hijo o una hija pequeños, no hace falta forzar el entusiasmo. También se puede vivir el eclipse de forma segura y tranquila, sin necesidad de «sentir lo que se supone que hay que sentir».

 

 

Cómo vivir el eclipse cuidando el bienestar emocional

Si quieres aprovechar su potencial de bienestar
  • Si puedes, vívelo acompañado. La investigación sobre el asombro sugiere que buena parte de su efecto positivo está precisamente en compartirlo con otras personas, no sólo en observarlo.
  • Baja el móvil un momento. La tentación de grabarlo todo puede robarte la experiencia directa; unas fotos están bien, pero merece la pena reservar parte de la totalidad solo para mirar y sentir. Además, se puede estropear la cámara.
  • Si te resulta una experiencia intensa (escalofríos, ganas de llorar, sensación de pequeñez), no te alarmes: son las reacciones más habitualmente descritas ante el asombro, y no indican nada negativo.

 

Si el eclipse te genera ansiedad, a ti o a alguien de tu familia
  • Explica con antelación, en un lenguaje sencillo, qué va a pasar y por qué, ya que anticipar reduce la sensación de amenaza ante lo desconocido, especialmente en la infancia.
  • No es necesario presenciar la totalidad del eclipse al aire libre si genera mucho malestar, también se puede optar por verlo desde un lugar interior conocido y seguro, o incluso seguirlo por televisión.
  • Permite que la persona se aleje del grupo o de la multitud si la aglomeración le supone una fuente añadida de estrés, más allá del propio fenómeno.

 

Nota de seguridad (no psicológica, pero imprescindible): nunca se debe mirar directamente al sol sin gafas homologadas específicas para eclipses, excepto durante los segundos exactos de totalidad en la franja donde esta se produce. Ante la duda, consulta las recomendaciones de fuentes oficiales.

 

Un minuto que puede dejar huella

 

Más allá del espectáculo astronómico, el eclipse del 12 de agosto es una oportunidad poco frecuente de vivir, a la vez que miles de personas más, una experiencia de asombro compartido.

Desde la Psicología, sabemos que estos momentos no sólo se disfrutan, sino que también dejan una huella duradera en cómo nos sentimos conectados con los demás y con el mundo que nos rodea.

Y, como con cualquier experiencia intensa, no hay una única manera «correcta» de vivirlo: hay tantas formas legítimas de vivir un eclipse como personas mirando al cielo ese día.

No obstante, si tú o alguien de tu entorno anticipáis el eclipse con más inquietud que ilusión, especialmente en el caso de la infancia, no dudéis en prepararlo con antelación o en consultar con un profesional de la Psicología si la ansiedad ante el evento os preocupa.